martes, 4 de enero de 2011

La mujer de cera.

Su rostro pálido y frágil escondía una lenta metamorfosis de aquel semblante que alcanzaba una trivial perfección. Sus ojos grises y desmesurados recogían cada minúsculo detalle con una precisión escalofriante, sus labios carnosos despedían gélidas palabras de carmín y el trazo matemático y escultural de sus piernas comenzaba a descender desde el monte de Venus hasta aquellos tobillos envueltos en cintas de seda.
Su silenciosa mirada, su estático pestañeo, las manos desvaídas de uñas largas color escarlata, las mórbidas curvas de felino y el cuerpo desnudo de aquella mujer flemática eran capaces de arrebatarle el alma a cualquier hombre e infundir en él los más férvidos deseos. Pero nadie, jamás, conseguiría acariciar sus trazos.

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