viernes, 28 de enero de 2011

Despedida frente al London Eye.

-          Te puedes morir, si quieres. Si eso es lo que deseas, adelante. Muérete. Elige la manera más sencilla y rápida de morirte y hazlo. Sin remordimientos, sin pensar en ningún momento que podría haber una vuelta atrás. Porque no la hay, fuera otra oportunidad, fuera ilusiones. ¿Acaso crees que te recordaré? Muy bien, pues te equivocas. No te recordaré nunca. ¿Me oyes? Nunca. Tampoco pensaré en ti, tampoco le enseñaré a nadie una fotografía en la que salgamos tú y yo porque a esas alturas, sólo quedarán cenizas. Bueno, bien, ya está todo dicho. Te puedes morir.
Un eterno sollozo se ahogaba en su garganta resquebrajando el perfecto y constante disimulo de calma, sus húmedos ojos despedían pequeñas lágrimas que acariciaban las mejillas más suaves del mundo, su falsa sonrisa se desmoronaba mientras el cruel monólogo llegaba a su fin.
-          ¡Venga! No me puedo creer que seas tan jodidamente débil, tan cobarde. ¡Que te mueras! ¿Me oyes? ¡Que te des la vuelta y te largues, mocosa!
Una vez que el silencio se apoderó del aquel infernal momento, su mirada se desplomó y se hundió en un charco de lágrimas mientras sus manos temblaban como nunca. Sólo fue capaz de entreabrir un momento los labios para susurrar un “no”, mientras su cuerpo se estremecía de dolor y sentía como, en una sola y miserable noche, el mundo se le caía a los pies...


viernes, 21 de enero de 2011

Domingo pasado.

Guía tus pasos a contracorriente,
en contra de todos tus deseos,
en contra de todos aquellos que tengan amor que ofrecerte.
Ahoga tu mirada, tu voz y tus gritos,
y sumérgete en una calma de eternos
y extraños escalofríos.
Corre a su lado como un niño pequeño,
muerto de sed, de hambre y de miedo.
Sed de confianza, hambre de amor, miedo por perderte...
Miedo por seguir permaneciendo en ese estado.
Inerte.
Abrazando sus trazos después de haberte escapado.
Después de haber ido a contracorriente.
Después de haber ahogado tus lágrimas contra sus muslos
agarrando su mano, sin poder controlar tus espasmos
y tus gritos.
Mientras ella acariciaba tu cabello y en bruscos
momentos de dolor
Te decía: "Cálmate y cuéntamelo..."

martes, 4 de enero de 2011

La mujer de cera.

Su rostro pálido y frágil escondía una lenta metamorfosis de aquel semblante que alcanzaba una trivial perfección. Sus ojos grises y desmesurados recogían cada minúsculo detalle con una precisión escalofriante, sus labios carnosos despedían gélidas palabras de carmín y el trazo matemático y escultural de sus piernas comenzaba a descender desde el monte de Venus hasta aquellos tobillos envueltos en cintas de seda.
Su silenciosa mirada, su estático pestañeo, las manos desvaídas de uñas largas color escarlata, las mórbidas curvas de felino y el cuerpo desnudo de aquella mujer flemática eran capaces de arrebatarle el alma a cualquier hombre e infundir en él los más férvidos deseos. Pero nadie, jamás, conseguiría acariciar sus trazos.

Inquietud.

Sus sentidos parecían recoger cada minúsculo detalle de lo que la rodeaba con una precisión escalofriante. Su mente registraba cada vibración del aire, cada sonido, cada reflejo y su cuerpo inquieto se revolvía en charcos ensangrentados de pensamientos retorcidos originados por su mente laberíntica e insaciable. Encarcelada en una diminuta jaula que intensificaba aún más su estado de ansiedad y desequilibrio psíquico, su sangre fluía con una celeridad espeluznante y sus desmesurados ojos emergían de la oscuridad como llamas fugaces mientras de su boca brotaba un ingente laberinto de palabras sin rastro de significado.
Su frágil mente soñaba con un cándido suspiro de libertad y un colosal mecanismo de encuentros fugaces de amores que se esfumarían con la llegada del alba.
Soñaba con una indómita libertad que encarcelaría silenciosamente cada te quiero, cada monótono beso de despedida, cada encuentro de simulada pasión acallada por la calma de su amante.