- Te puedes morir, si quieres. Si eso es lo que deseas, adelante. Muérete. Elige la manera más sencilla y rápida de morirte y hazlo. Sin remordimientos, sin pensar en ningún momento que podría haber una vuelta atrás. Porque no la hay, fuera otra oportunidad, fuera ilusiones. ¿Acaso crees que te recordaré? Muy bien, pues te equivocas. No te recordaré nunca. ¿Me oyes? Nunca. Tampoco pensaré en ti, tampoco le enseñaré a nadie una fotografía en la que salgamos tú y yo porque a esas alturas, sólo quedarán cenizas. Bueno, bien, ya está todo dicho. Te puedes morir.
Un eterno sollozo se ahogaba en su garganta resquebrajando el perfecto y constante disimulo de calma, sus húmedos ojos despedían pequeñas lágrimas que acariciaban las mejillas más suaves del mundo, su falsa sonrisa se desmoronaba mientras el cruel monólogo llegaba a su fin.
- ¡Venga! No me puedo creer que seas tan jodidamente débil, tan cobarde. ¡Que te mueras! ¿Me oyes? ¡Que te des la vuelta y te largues, mocosa!
Una vez que el silencio se apoderó del aquel infernal momento, su mirada se desplomó y se hundió en un charco de lágrimas mientras sus manos temblaban como nunca. Sólo fue capaz de entreabrir un momento los labios para susurrar un “no”, mientras su cuerpo se estremecía de dolor y sentía como, en una sola y miserable noche, el mundo se le caía a los pies...
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