Quería atrapar el fulgor de mis ojos negros y amargos en la superficie inmóvil del café. Quería encarcelar una pequeña nube en aquella taza amarilla, junto con una sonrisa fingida, de las que me sueles ofrecer.
Quería fantasear cándidamente con una noche efímera y ficticia e introducirla en la amargura de aquel líquido oscuro y estático. Nuestra noche.
Quería beber ese café, pero al recordar tu mirada tibia y muerta, algo insólito me heló la sangre, sin dejarme mover.
Renuncié a cualquier ilusión de despertar mis sentidos y lentamente, con pasos frágiles y armoniosos me dirigí hacia la cama.
Me tumbé horizontalmente, mis párpados descendieron despacio y el rayo de luz tenue que penetraba por un resquicio de mi persiana desapareció en la negrura de mis pensamientos.
Pensamientos que me conducían por tu senda hacía lo desconocido, hacía otro mundo donde tú y yo nos perdimos tantas veces.
Quebraste mis sueños y engulliste cada pedacito sin saciarte, pidiendo más y más, como un niño que no entiende de normas o límites. La primera vez que dejaste caer tus labios sobre mi piel, decidí abandonar cualquier rastro de realidad y volverme tu esclava, dedicarme a tí, buscarte, saciar tu hambre de mí. En tus labios se dibujó una sonrisa maligna cuando me dí cuenta de que no podía renunciar a tí, aunque sólo fui tuya una vez.
Fabricaste en mi cuerpo y en mi mente emociones y momentos irreales, me hiciste sentir rabia, dolor y amor por tí, sin ninguna dificultad, y todo en la misma línea.
No hubo distancia porque yo te buscaba siempre que te ibas, y tú, como el humo fiel de un cigarrillo interminable, me seguías una y otra vez al mismo lugar, a la misma habitación, a la misma cama.
Quisiera sentir por una última vez un escalofrío provocado por el veneno de tus labios, quisiera vivir mi vida sin tí de ahora en adelante y espero que seas feliz sabiendo que eso nunca pasará. No podré soñar sin recordarte, sin recordar el color tan singular de tu piel, sin pensar en todos los momentos en los que has estado a mi lado para alejarme de la realidad o del amor y la ternura de otros.
Esperé tanto tiempo una carta tuya, desde el infierno quizás, en la que me pidieras perdón y me dijeras que algún día me dejarás a la deriva de la realidad y que podré respirar sin tí, sin tu olor. Nunca llegó.
Quería fantasear cándidamente con una noche efímera y ficticia e introducirla en la amargura de aquel líquido oscuro y estático. Nuestra noche.
Quería beber ese café, pero al recordar tu mirada tibia y muerta, algo insólito me heló la sangre, sin dejarme mover.
Renuncié a cualquier ilusión de despertar mis sentidos y lentamente, con pasos frágiles y armoniosos me dirigí hacia la cama.
Me tumbé horizontalmente, mis párpados descendieron despacio y el rayo de luz tenue que penetraba por un resquicio de mi persiana desapareció en la negrura de mis pensamientos.
Pensamientos que me conducían por tu senda hacía lo desconocido, hacía otro mundo donde tú y yo nos perdimos tantas veces.
Quebraste mis sueños y engulliste cada pedacito sin saciarte, pidiendo más y más, como un niño que no entiende de normas o límites. La primera vez que dejaste caer tus labios sobre mi piel, decidí abandonar cualquier rastro de realidad y volverme tu esclava, dedicarme a tí, buscarte, saciar tu hambre de mí. En tus labios se dibujó una sonrisa maligna cuando me dí cuenta de que no podía renunciar a tí, aunque sólo fui tuya una vez.
Fabricaste en mi cuerpo y en mi mente emociones y momentos irreales, me hiciste sentir rabia, dolor y amor por tí, sin ninguna dificultad, y todo en la misma línea.
No hubo distancia porque yo te buscaba siempre que te ibas, y tú, como el humo fiel de un cigarrillo interminable, me seguías una y otra vez al mismo lugar, a la misma habitación, a la misma cama.
Quisiera sentir por una última vez un escalofrío provocado por el veneno de tus labios, quisiera vivir mi vida sin tí de ahora en adelante y espero que seas feliz sabiendo que eso nunca pasará. No podré soñar sin recordarte, sin recordar el color tan singular de tu piel, sin pensar en todos los momentos en los que has estado a mi lado para alejarme de la realidad o del amor y la ternura de otros.
Esperé tanto tiempo una carta tuya, desde el infierno quizás, en la que me pidieras perdón y me dijeras que algún día me dejarás a la deriva de la realidad y que podré respirar sin tí, sin tu olor. Nunca llegó.
Finalmente, me levanté de la cama, abrí el armario y me puse mi vestido blanco y sucio por culpa de una de las noches que pasé en tu compañía.
Conseguí abrir la ventana con mis manos delgadas y temblorosas y el ruido de la calle inundó mis sentidos.
Conseguí abrir la ventana con mis manos delgadas y temblorosas y el ruido de la calle inundó mis sentidos.
Mi trayectoría cesó en el infierno, gracias a tí... querida cocaína.

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